Tribuna Ganadera

Existen muchas definiciones de lo que es el toreo. Algunas de ellas, sin duda, cargadas de belleza y sentimiento y con las cuales no me atrevo a rivalizar. De cualquier modo, me gustaría aclarar que considero que en el arte del toreo deben de coexistir la belleza estética y la emoción, o sea, la forma y el contenido. Esta emoción puede tener matices, yendo de la emoción del susto, de la incertidumbre, a la emoción del bien torear. Todavía, uno de los principios básicos que siempre me impresionó en el toreo, y sin el cual, para mí, no tiene sentido el mismo toreo, ha sido el hecho simultáneo de crear belleza arriesgando la vida. Eso es lo que le convierte en verdaderamente sublime.

No son pocos los aficionados que se quejan de que esta esencia del toreo está herida de gravedad, o incluso de muerte, con el toro actual que se está lidiando en la gran mayoría de las plazas de España. Esta queja, aparte de las razones o sinrazones que le asistan, lo que no tiene seguramente, es originalidad. De hecho, basta con consultar revistas y escritos, desde por lo menos un siglo a esta parte, para comprobar la continua y repetida protesta de una franja considerable de aficionados a lo largo de todo el siglo veinte.

Esto me animó a reflexionar sobre el fenómeno, con la consciencia de que es tremendamente difícil construir una teoría mínimamente consensuada, sobre un tema en el cual, yo mismo, estoy convencido de que la diversidad constituye probablemente, su mayor virtud. Aún así, procuraré situarme equidistante entre las varias tendencias a la hora de definir el arte del toreo.

La primera realidad que salta es que, en el toreo no existe solamente el toro, sino también el torero y el público, siendo precisamente el toreo la relación que se establece entre los tres. Sin embargo, en las consideraciones que haré voy a centrarme mas en la relación torero / toro, o más bien, hombre-torero por un lado y animal-toro por otro, ya que tendré en cuenta la condición del torero en cuanto hombre y la condición del toro en cuanto animal bovino (máquina biológica). Tomando como cierto que el toro no paró de cambiar en los últimos cien años, pudiendo por consiguiente haber alterado substancialmente esa relación, el hombre que se viste de torero también ha cambiado y, naturalmente, también puede estar implicado en el posible y admisible cambio de la esencia del toreo, una vez que es grande la interacción entre ambos.

No es mi intención adentrarme mucho en la historia del toreo desde sus comienzos, donde, por cierto, sería más fácil encontrar diferencias con la época actual. Me limitaré al período entre la segunda década del siglo veinte, cuando surgió lo que se llama toreo moderno (la época de oro del toreo), y la época actual.

El hombre:

Si los seres vivos son el resultado de su código genético y del medio ambiente en que se desarrollan, es legitimo esperar grandes diferencias entre el hombre del principio del siglo pasado y el hombre contemporáneo. El mundo, la sociedad y todo el entorno ambiental, han cambiado de una forma clara.

En primer lugar habría que indagar las motivaciones que antes sentían los hombres para luchar y afirmarse como toreros y, por supuesto, compararlas con las que hoy sienten aquellos que ambicionan vestirse de luces. Esta simple pregunta o planteamiento, nos llevaría días enteros analizarla, porque habría que matizar muchos aspectos, como el entorno social, familiar, económico, etc., de las diferentes épocas. Pero de una manera seria y fundamentada, podemos al menos aclarar un poco el escenario que presupone un joven decidiéndose a ser torero. Me gustaría tener a mano un sociólogo, un historiador, un antropólogo, un filósofo, entre otros, para recoger de cada uno de ellos un poco de sabiduría que me ayudara en mi propósito. Imaginen la dimensión de la tarea que me propuse, al no ser nada de esto.

Todos sabemos lo difícil que es ser torero, las cualidades y virtudes que hay que atesorar para destacar en esa maravillosa profesión. En este particular, la capacidad de los hombres de aguantar, de resistir, de suplantar las amarguras y sinsabores de la vida, no me parecen exactamente las mismas en el pasado y en los días de hoy. Actualmente, los obstáculos, las contrariedades que surgen en la vida, se toman como verdaderas desgracias. Paso a paso, el hombre se libera de la dureza del trabajo de vivir y su tendencia evolutiva consiste en hacer la vida más fácil y más cómoda: menos áspera e insegura. O sea, más «feliz» (J.S. Mill, Logica). Si en la vida cotidiana se muere cada vez menos y se vive cada vez más, es totalmente lógico que este mismo fenómeno se proyecte en los toros. El fenómeno taurino sigue la línea tendencial de la vida (Ernesto Elio Garberi, Los toros: un milagro histórico). En este contexto, sin entrar con las naturales diferencias de los toros de antes y los de ahora, los toreros de hoy deberían de ser admirados si cabe, aún con mas heroicidad que los de ayer.

Considero importante estos aspectos, porque es corriente decir que los toreros de antaño eran hombres mucho más duros y valientes que los de hoy, por el hecho de enfrentarse con toros mucho más fieros y menos obedientes. Sin embargo, y sin querer tomar partido por ninguna época, me parece justo alertar que lo importante no es solamente el toro, sino comparar las diferencias entre lo que pasaba durante la vida de antes y el toro de antes, con lo que pasa durante la vida de ahora y el toro actual, porque ese ha sido, es y será el planteamiento que la mayoría (no todos) de lo toreros hicieron, hacen y continuarán haciendo cuando se decidan a enfrentar un toro.

Hoy creo que un estilo tiene que ver com una visión del mundo. Y necesariamente la visión del mundo de los toreros de hoy es diferente de la visión de los toreros de ayer, aunque sólo sea porque el propio mundo es diferente.

El toro:

La observación del toro como materia prima y en función de la cual se debe juzgar y apreciar el desempeño del torero es, de hecho, fundamental. Hay un tópico, tantas veces repetido, de que hoy «se torea mejor que nunca». Nunca entendí esta frase, cuando está claro que la actuación del hombre-torero no se puede considerar más que en función de las características del animal-toro. Siendo ésto así, como el animal toro no ha parado de evolucionar en el período a que nos remitimos, no se deben comparar ni toreros ni toreos de diferentes épocas. Lo que se podrá decir es que «siempre se toreó mejor que nunca» pues, en cada momento, nadie podría superar los maestros de cada época.

Profundicemos hasta que punto, o en que medida, la evolución de la actitud del toro, de su comportamiento, ha influenciado el arte del toreo. No me refiero simplemente a la geometría, al dibujo del pase. Ni tampoco a la quietud del que torea, porque eso viene del valor, que es una premisa indispensable y eterna del torero. Lo que me interesa analizar en este contexto se relaciona con la motivación, con el diálogo íntimo, con el sentimiento del torero mientras “dialoga” con el toro, mientras torea.

Tomemos como ejemplo el siguiente: si en la edad de oro del toreo (1912-1920) los primeros naturales (para no salir del toreo fundamental) tenían una duración de, supongamos 1,5 segundos y un recorrido de 2 metros, los que se instrumentan en el toreo contemporáneo, pueden durar 3 segundos y llevar embarcado el toro durante 4 metros. Para los menos atentos, 1,5 segundo de más puede parecer poca cosa, pero se trata del doble del tiempo y también de dos veces mas en la distancia recorrida. En una actividad tan intensa como el toreo, este aumento tiene que representar muchísimo. Esta constatación me hace pensar que existirá mucho más tiempo para sentir el pase y, en el fondo, para sentir el toreo. No me atrevo a afirmar que existe mas densidad, una vez que los elementos que componen el cuadro se mantienen y el factor novedad y la consecuente emoción que de ahí procede, tal vez no sean tan diferentes en las dos épocas. Basta observar con atención los vídeos antiguos, donde es visible la actitud de éxtasis del público, para que deduzcamos el clímax de aquellas impresionantes faenas.

La evolución del toro ha sido enorme desde entonces. La bravura, conjunto de caracteres como hoy se entiende, es de verdad, mucho más cultura que naturaleza. Como resultado de la selección tan apurada, y siempre, o por lo menos de una manera dominante, sobre caracteres psíquicos o anímicos, en suma, de comportamiento, el toro de hoy se debate en un tremendo conflicto. En cuanto vacuno y rumiante, no está dotado, ni anatómicamente ni fisiológicamente para aguantar la lidia actual. Las luchas de sus antepasados, se resumían prácticamente a disputas por la hegemonía sexual de las vacadas. Serían, sin duda intensas, pero breves (nunca 15 minutos!). Al principio, nuestro toro bravo acometía, no embestía. Ahora, además de embestir se le exige un cierto tipo de embestida con todas esas cualidades de recorrido, capacidad de humillar, de transmitir, de mantener un ritmo, etc., etc.

Otro drama del animal/toro es su condición de rumiante. El metabolismo energético de este tipo de animales proporciona muy poca glucosa con relación a lo que se supone necesario para que el organismo aguante una lidia ordinaria. Esta substancia, como mediadora de energía, es sumamente importante para las células del organismo. El glucógeno, otro precursor energético fundamental en la fisiología del ejercicio es también, tanto a nivel hepático como a nivel muscular, altamente deficitario durante el esfuerzo de una lidia y su tasa de recomposición es manifiestamente lenta con relación al consumo. Por estas razones se establece una desproporción entre la condición física del toro y los atributos de orden genético para los cuales ha sido seleccionado. En otras palabras, la crianza (producción) y la selección caminaron a velocidades distintas y, por eso, nos encontramos frente a un animal algo desequilibrado.

El toreo:

Sin embargo, este escenario no impide que veamos salir toros de bandera, que suplantan todas estas deficiencias con su extraordinaria bravura y con los cuales, los toreros de excepción van haciendo y, más que eso, van diciendo el nuevo toreo. Enganchando la embestida adelante y vaciándola detrás de la cadera, en el toreo contemporáneo, el toro va dominado mas espacio y más tiempo. El tiempo se alarga, porque al ser tremendamente violento desde el punto de vista físico ese viaje humillado, el animal recorre el último tercio del pase en esfuerzo, exhausto, agotado y por eso lo hace mas despacio, mas lentamente, maximizando la noción de temple, en la misma medida que permite que el torero sobrecargue la suerte con el pecho, con la cintura y, en el fondo, con el corazón, aumentando de igual forma el entusiasmo del publico que, incrédulo, prolonga el olé. El arte se vuelve más barroco, no por vocación del artista, sino por imposición de los materiales de que dispone. ¡Que contradicción (paradoja)!. La violentación que se está haciendo con el toro, de la cual no sabemos todavía su limite y sus verdaderas consecuencias, por otro lado, permite un perfeccionamiento del toreo por la lentitud que impone en el ultimo trámite del pase. Como en la vida, como en casi todo, la segunda mitad es la más difícil y la que definitivamente sella la obra.

Si esto es verdad, una de las razones que podría afectar el arte del toreo, seria la alteración substancial de la cuarta dimensión: el tiempo de ejecución de las suertes. Por otro lado, para mantener el principio indispensable y básico del riesgo, este incremento en el tiempo de suerte, posible gracias a una mayor previsibilidad y obediencia del toro, debe ser compensado con una mayor entrega por parte del torero. Si lo hace, el torero trata de corresponder de igual modo a la mayor entrega del toro, a la vez que conserva la peligrosidad tan necesaria en la suerte. El publico no se entregará totalmente si no siente la incertidumbre de la suerte. Esto se lleva a cabo con un aumento de concentración por parte del que torea. No es por casualidad que todos los toreros apuntan la fijeza como la primera cualidad de un toro. Es que en ese diálogo íntimo que debe haber entre los dos, es muy conveniente que ambos se miren bien fijos a los ojos. Es el momento propicio para la interpretación y consumación de una liturgia riquísima y plena de oportunidad que existe en el toreo. Por eso, el cite, la colocación serán siempre capitales en los flujos de sentimientos y voluntades que se establecen en una labor creativa, pero también recíproca, como es el toreo. A partir de ahí, los dos seres se entregan mútuamente y en los momentos más excelsos, forman una mancha única, constituyendo una identidad propia e irrepetible que no es más que la esencia del propio toreo. En esa hora, el torero sabe que para rematar su obra tendrá que cruzar una frontera invisible y codearse con la muerte. Es un precio legítimo, que cuando se paga, obtiene el respaldo inmediato y la entrega del público. La existencia de un toro más seleccionado en su previsibilidad, en sus cualidades anímicas, reclama naturalmente un torero, no más estilizado o más amanerado, sino más concentrado, más entregado, más litúrgico, más fuerte, también él, anímicamente. Pero esos son ya acontecimientos del alma. La gente, se quiera o no, tiene una vida interior que se expresa en momentos, la «intuición del instante». Cada torero, en cada instante, dice su toreo, según su personalidad y su intuición.

Los toros de hoy son cómplices de una coreografía absolutamente bella y patética, cuando es compartida por toreros empeñados en dejar su huella personalizada de valor y arte, delante de un público ávido de participar, también él, en el espectáculo. Por todo lo expuesto, la esencia del toreo no peligra en lo fundamental. Lo que pasa es que, a medida que se avanza en el tiempo, la definición del toreo, por el dinamismo própio de la Fiesta, se amplía continuamente con nuevos factores técnicos y artísticos.

Conferencia pronunciada por el autor en Sevilla el 27 de Noviembre de 2000, dentro del ciclo Fiesta de Toros y Sociedad

por Joaquim Grave [01/01/2002]


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