Revista de Prensa: El País, La última corrida, de Mario Vargas Llosa

El escritor y articulista peruano Mario Vargas Llosa publicó ayer en la sección de Opinión de el diario El País, un artículo titulado La última corrida, que defiende la celebración de las corridas de toros aunque precisa que hay un claro riesgo de que puedan desaperecer. “Eso ha cambiado en nuestra época debido a la creciente sensibilidad que la cultura occidental, signada por el ecologismo, ha desarrollado frente a temas como la preservación de la naturaleza y la necesidad de combatir la crueldad de que son víctimas los animales, el anverso y reverso de una misma medalla”. Así cree el escritor que con la decisión del Ayuntamiento de Barcelona de declarar a la ciudad condal antitaurina “podría ser el principio del fin”, puesto que esto puede producir, en opinión de Vargas Llosa, que las denuncias y propuestas de algunos parlamentarios europeos a favor de abolir las corridas puede resurgir y aprobarse dicha prohibición.

Un panorama que nos dibuja nada alentador, pero contrarrestado con una declaración racional, sensata e incuestionable. En ese lado de la autocrítica, se pregunta el escritor “¿por qué, en el reciente debate suscitado por este asunto, quienes defendemos las corridas hemos estado tan reticentes y tan parcos y prácticamente dejado el campo libre a los valedores de la abolición? Por una razón muy simple”, contesta, “porque nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros, un espectáculo que alcanza a veces momentos de una indescriptible belleza e intensidad y que tiene tras él una robusta tradición que se refleja en todas las manifestaciones de la cultura hispánica, está impregnado de violencia y de crueldad. Eso crea”, concluye en la exposición, “en nosotros, los aficionados, un malestar y una conciencia desgarrada entre el placer y la ética, en su versión contemporánea”.

El toro es el rey
“Los enemigos de la tauromaquia se equivocan creyendo que la fiesta de los toros es un puro ejercicio de maldad en el que unas masas irracionales vuelcan un odio atñavico contra la bestia. En verdad, detrás de la fiesta hay todo un culto amoroso y delicado en el que el toro es el rey”. Y sigue: “El ganado de lidia existe porque existen las corridas y no al revés. Si éstas desaparecieran, inevitablemente desaparecerán con ellas todas las ganaderías de toros bravos y estos, en vez de llevar en adelante la bonancible vida vegetativa deglutiendo yerbas en las dehesas y apartando moscas con el rabo que les desean los abolicionalistas, pasarán a la simple inexistencia. Y me atrevo a suponer que si se les dejara la elección entre ser un toro de lidia o no ser, es muy posible que los espléndidos cuadrúpedos, emblemas de la energía vital desde la civilización cretense, elegirían ser lo que son ahora en vez de ser nada”.

Sigamos. Vargas Llosa, continua con el argumentario del toro, de sus cuidados y del hábitat en donde conviven proponiendo a los abolionalistas que si “visitaran una finca de lidia, se quedarían impresionados de ver los infinitos cuidados, el desvelo y el desmedido esfuerzo –para no hablar del coste material– que significa criar a un toro bravo.[…] Por eso, aunque a algunos les parezca paradójico, sólo en los países taurinos como España, México, Colombia y Portugal se ama a los toros con pasión. Por eso, existen estas ganaderías que, con matices que tienen que ver con la tradición y las costumbres locales, constituyen toda una cultura que ha creado y cultiva, con inmensa dedicación y acebdrado amor, una variedad de animales sin cuya existencia una muy significativa parte de la obra de García Lorca, Heningway y Picasso –para citar sólo a cuatro de la larguísima estirpe de artistas de todos los géneros para los que la fiesta ha sido fuente de inspiración de creaciones maestras– quedaría bastante empobrecida.

De ese pobre debate propagado por quienes atacan a la Fiesta el que califica a la Fiesta de un escpectáculo cruel y sinsentido, Mario expone ejemplos tan claros y crueles, como el espectáculo poco visto de cuántos y cómo mueren los cerdos, por ejemplo para hacer las butifarras catalanas (refiriéndose al “impresionante” artículo de Albert Boadella en Abc el pasado 18 de abril); y como son la pesca recreativa, aludiendo a un artículo que Luis María Anson publicara en La Razón en una fecha anterior, a la caza (entre otras especies la del zorro) y al exterminio de tantas y tantas especies, todas de ellas tratadas con una genial metáfora, sacada de las obras del vigente Premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee, quien escribe en sus obras a través de su “alter ego” literario, Elizabeth Costello (un personaje creado por el autor surafricano) lo siguiente: “los camales donde se benefician vacas, corderos, etcétera, son equivalente a los hornos crematorios en que los nazis incineraron a los judíos”.

El creador de entre otras obras, La Fiesta del Chivo, Conversación en La Catedra y un largo etcétera, escribe para cerrar este fabuloso artículo lo siguiente: “Mientras no se materialice esa utopía”, se refiere a la prohibición expresa de todo lo que suponga violencia a los animales, “seguiré defendiendo las corridas de toros, por lo bellas y emocionantes que pueden ser, sin, por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque le aburren o porque la violencia y la sangre que en ellas corre le repugna. A mí me repugnan también, pues soy una persona más bien pacífica. Y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados. Lo que nos conmueve y emebelesa en una buena corrida es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundidad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado, de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo gracias a su contrapartida que es la muerte. Las corridas de toros nos recuerdan, dentro del hechizo en que nos sumen las buenas tardes, lo precaria que es la existencia y cómo, gracias a esa frágil y perecedera naturaleza que es la suya, puede ser incomparablemente maravillosa”.


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