“Cuando los botos dejan de crujir”, primer premio del II concurso de relatos taurinos de aficionados

 

Cuando los botos dejan de crujir” así se titula el relato ganador del segundo concurso de relatos taurinos de aficionados convocado por la empresa Taurodelta. Una composición escrita por Teresa Majeroni y que por su alusión a la figura del ganadero de bravo reproducimos en la web de la Unión de Criadores de Toros de Lidia.

Cuando los botos dejan de crujir…
Aquella noche no bajé al Gran Hotel a darle largas caladas a mi puro mientras reseñábamos la corrida de la tarde. No lo haría tampoco a la siguiente, ni la posterior… Me acababan de dar la noticia de que ya había finalizado mi última temporada, que los aficionados no estaban dispuestos a aguantar más, ni la empresa, ni ninguna empresa de algún pueblo chico perdido. Perdido como yo.
Quién iba a recorrer los cercados con ojos emocionados viendo cómo había crecido el número 132 o si había estojado el 23. Cómo explicar qué había sido mi vida, si ni siquiera había podido lograr aquello para lo que con tanto cariño y afición me preparé. Me encontraba perdido, en mitad de un fango en el que no existían compañeros ni amigos, sin un postrer triunfo que saborear.
La última corrida había sido un desastre. Un barrido de corrales había titulado la prensa. Mansos, parados y sin fuerzas, fueron más allá los otros medios. Sin casta, rebrincados, acunándose en tablas, los seis se habían comportado igual. Iguales en la mansedumbre. Iguales al  amo.
Porque tampoco podía decirse que yo fuera muy valiente. No tenía nada de aquello sobre lo que presumían los ganaderos antiguos. Una personalidad característica, un porte enraizado, un crujir de botos según uno va andando que hace que, al pasar, la gente lo señale: “ahí va D. Fulano. Es ganadero”. Nada de ganadero antiguo había heredado de las cuatro generaciones de románticos que me habían precedido. Y conmigo se iba a acabar todo… No había sido ni un señor, ni un taurino que hubiera sabido adaptarse a los tiempos modernos. Intenté ensanchar la caja de mis toros, confraternicé con los medios, invité a las peñas, todo para ganarme el afecto. Pero tampoco funcionó. La pérdida de mi orgullo no era comparable a la pérdida de ese campo bravo cuajado de encinas por las que me sentía morir.
Y hoy, sin finca, sin toros, sin profesión, solamente me siento acabado.

Teresa Majeroni


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